Reading Anesthesia….

A veces necesito desconectarme del mundo.

Por ejemplo, hoy. Estaba en medio de una plática y usé la palabra tonto, para describir cómo yo percibía cierto asunto del que hablábamos. Jamás me he considerado grosero o vulgar, y nunca he catalogado la palabra tonto como una mala palabra. Además, tengo la creencia de que si eres honesto y sincero en cuanto a tus pensamientos, si le dices las cosas a la gente de frente, en su cara, si no ocultas lo que sientes y eres completamente transparente con la humanidad, eso debe generar una reacción positiva. “Hey, esta persona está siendo honesta conmigo. Podría estar diciendo eso a mis espaldas, pero prefiere decírmelo de cara.” Eso debería generar cierto respeto hacia tu comentario, ¿verdad?

Bueno, hoy fui completamente atacado y tratado de irrespetuoso-grosero-intolerante por compartir mi punto de vista… por utilizar la palabra tonto, más que nada. Adjetivo que, aun ahora, sigo encontrando correcto.

Lo que dije en el post anterior, no era una broma. Esta brújula de la verdad no siempre nos lleva a los lugares más lindos y cómodos. La mayoría del tiempo nos hace pasar por el valle de los incomprendidos.

Cualquiera diría que en estos tiempos deberíamos tener libertad de expresión y, más allá de eso, el derecho a estar en desacuerdo. A poder decir, “Eso no me gusta por esto, esto y esto,” sin ser atacado por un grupo de personas, desesperadas por defenderse; cuando nunca fue tu objetivo ofenderles. Simplemente estabas dando tu opinión. La cual es tan importante como todas las demás. No solo por ser la minoría de un grupo, significa que tu voz no pueda ser escuchada. Todos tienen derecho a una voz.

El asunto es que eso me dejó muy enojado y triste. Mi cerebro, inmediatamente, comenzó a producir esas estúpidas endorfinas que insisten en hacerlo sentir a uno deprimido. Me dejé caer sobre el sofá, de lo más confundido por la actitud de la humanidad, y me quedé allí mirando al techo, mientras trataba de que mi respiración dejara de dolerme.

La mayoría del tiempo me pregunto por qué tengo que pensar de forma tan distinta al resto del mundo. ¡Es frustrante!

Luego de media hora de estar allí pensando en lo extraterrestre que me hace sentir la humanidad a veces, me levanté y fui a buscar un libro. Me tiré en la cama y me sumergí en sus páginas. Esa es mi anestesia.

No sé si a ustedes les funcione, pero, cuando necesito desconectarme del mundo y de sus problemas estúpidos y temporales, agarro un libro y me olvido del planeta tierra… tal vez si soy un extraterrestre, después de todo.

Nunca deja de sorprenderme lo mucho que logra tranquilizarme el dejarme envolver por un libro. ¡Es lo máximo! No sé si sea debido a que, en los libros, encuentro a personas con problemas más grandes que los míos. O porque, en los libros, encuentro la realidad en la que desearía vivir, en momentos como ese. O porque, simple y sencillamente, los libros tienen el poder de hacerte olvidar tus preocupaciones. Debes concentrarte tanto en la historia que estás leyendo, que todo lo demás desaparece de tu cabeza. Durante ese momento, solo tienes espacio para las letras que se están acoplando en tu cerebro. Ocupando su espacio. Haciéndote feliz.

Es como en las cirugías. Los doctores te aplican la anestesia para aliviar el dolor actual y evitar que sientas el dolor más grande que implica curarte. Para cuando te despiertas, ya pasó todo y estás a solo un par de pasos de la recuperación total. Así mismo siento que trabaja mi anestesia lectora. De verdad se las recomiendo.

image1Hoy el doctor literario decidió anestesiarme con Aristotle and Dante Discovers the Secrets of the Universe. Y lo mejor de todo es que, mientras leía una parte del libro, no podía dejar de pensar en lo mucho que me recordaba a la canción de Adele: My Same. Fue una sensación increíble cuando le di play a la canción y combinaba, perfectamente, con lo que estaba leyendo. Ha sido una de las mejores tardes de mi vida.

Saludos,

Rangii.

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Not All Those Who Wander…

brujulaLa vida es complicada. No hay otra forma de decirlo. Es así.

Desde hace mucho tiempo he estado tratando de comprender cómo es que funciona todo esto de vivir. Y la verdad es que me he encontrado vagando por el ancho camino de la vida sin un rumbo en específico ni meta aparente. Pero no todos los que vagan están perdidos.

Una de las cosas que he aprendido hasta ahora es que la verdad es el elemento más importante de nuestras vidas. Decir la verdad. Expresar lo que sientes, justo como lo sientes. Ser transparente y honesto en cuanto a tus pensamientos. Es, sin duda alguna, la clave de todo. Es, hasta donde he podido comprobar, la mejor brújula que puedes utilizar en medio de tus aventuras. No siempre te guiará al norte. No siempre te llevará a los lugares más lindos y cómodos, pero siempre, siempre te guiará al lugar al que realmente debes estar.

Por ejemplo, desde tiempo inmemorial he tenido el fastidioso problema de “Tú pareces un niño tan…” Todos creen saber perfectamente cómo soy, cómo actúo, cómo pienso… cada mínimo detalle de mi alma y mi ser parece reflejarse en mi carita de niño bueno. Y no es que esté diciendo que soy un niño malo, pero resulta que la gente siempre se forma un concepto de mí, a la primera vez que me ven, y siempre resulta sumamente equivocado.

Jamás olvidaré aquella experiencia en la escuela. Como soy muy alto, siempre me tocó sentarme atrás. Al final de la fila. Y como me gusta leer mucho, resultaba algo muy conveniente cuando quería ponerme a leer sin que nadie me molestara. El asunto es que un día entra la profesora de psicología y me ve en mi momento de “Me Time” Me encontraba solo, en el último puesto, leyendo en silencio. Y, por algún motivo, a ella se le quedó esa imagen de mí en su subconsciente. Días después, la profesora vuelve a entrar al salón; esta vez yo estaba hablando con mis amigos, en medio de un circulo, al frente de la fila, haciendo mucho ruido y disfrutando de nuestra juventud. Eso a ella la removió las tripas.

“¿Usted qué hace por allá?” me preguntó, conmocionada. La mujer parecía sumamente confundida.

“Estoy con mis amigos…” le respondí, más confundido que ella por la pregunta tan rara. ¿Cuál era su problema? Todos estaban hablando en puestos diferentes, ¿por qué la agarraba conmigo?

“¡Pero usted no es así!” sentenció la mujer, como si yo estuviera actuando o haciendo alguna cosa estúpida para tratar de pertencer. “Usted no es de compinchar.” Y yo me la quedé mirando como si fuera una loca. ¿Qué sabía ella de mí? Me había visto ¿qué? ¿Como dos veces, máximo? ¿Y ya creía que sabía cómo era yo? ¿Qué le pasaba?

“Sí, yo soy así,” le dije, con un tono de voz molesto. Toda la clase se había quedado en silencio, mirándome discutir con la profesora. “Yo tengo amigos, a mi me gusta hablar y reírme con ellos.”

“¡Ay no!” insistía la mujer, como si le estuviera echando mentiras. Yo estaba que no lo creía. Poco me faltaba para que la mandíbula me pegara contra el suelo. “Usted es un muchacho introvertido. Yo lo vi a usted sentado allá atrás solo, leyendo. Así es usted. No se ponga a hacer cosas que no van con su personalidad solo por ser parte de los demás. Me decepciona mucho.” Y yo aun más atónito y estupefacto no podía estar. ¡¿Qué miércoles pasaba con esa vieja?! Según ella yo era un don-nadie-solitario-nerdo-mudo-incapaz-de-socializar. ¡LA MATABA! Y hacerme semejante espectáculo frente a mis compañeros, que me conocían muchísimo mejor que ella, por supuesto, y de inmediato comenzaron a defenderme.

Fue horrible. Fue espantoso. Fue un desastre. Y lo triste es que no fue la única vez que me pasó ni me ha dejado de pasar. Sigue sucediendo con diferentes aspectos de mi personalidad. Hay gente que piensa que soy serio, estudioso, mudo, incapaz de portarme mal, incapaz de hacer cosas raras o extremas, de ser divertido, de hacer bromas, de enojarme, de estar triste… ¡La mayoría de la gente cree que soy un santo! Y, aunque a veces parece jugar a tu favor, porque todos piensan bien de ti y todos tienen un buen concepto de tu persona, tú sabes que ese no eres tú. Esa persona que la gente cree que eres no existe. Entonces a ti te queda sacarlos de su error o comenzar a fingir que sí eres como ellos piensan que eres. Ya que, después de todo, son cosas buenas. Y nadie quiere que piensen mal de uno.

Mi mamá constantemente me decía que no debía arruinar la imagen que la gente tenía de mí. Que sería injusto dañar un concepto tan bueno que se tenía de mi persona. Pero yo siempre me preguntaba, “¿De qué vale tener una buena imagen si esa imagen es falsa? ¿De qué sirve parecer un santo si no lo eres? ¿No es, acaso, lo mismo que estar mintiéndole a todos? ¿No se supone que debemos decir la verdad y ser honestos con la gente? ¿Por qué no decirles que están equivocados? ¿Por qué no decir quiénes realmente somos, lo que realmente pensamos, lo que realmente hacemos o queremos hacer? ¿Por qué vivir la vida de una forma que complazca a la gente que tiene un buen concepto de ti y no a ti realmente? ¿De qué vale? ¿Dónde queda la sinceridad y el aceptarnos como somos y bla bla bla? ¿Esas cosas no cuentan para los que parecen caídos del cielo? Que yo sepa, nadie es perfecto.”

Y al final me di cuenta que, mantener la buena imagen que alguien tiene de ti, es lo mismo que mentirle a esa persona. Cuando alguien te dice, “Tú pareces un niño tan bien portado,” pero tú sabes que te encanta correr y saltar y reírte a carcajadas y jugar con tus amigos, en vez de quedarte sentadote en una silla sin decir una palabra, como ellos creen que lo harías, es el momento de decir, “Parezco… pero a mi me gusta hacer relajo. Créame.”

Esa es la verdad.

¡Y la verdad os hará libres!

Parece una tontería, dándoles ese ejemplo. Parece cosa de niños. Pero es exactamente igual con las cosas de adultos. En estos precisos instantes de mi inmediata existencia, soy un hombre de veintiún años. Y todavía tengo que estar diciéndole a la gente, “Parece… pero, la verdad, soy así, así y así.” Me imagino podrán encontrar muchos casos de adultos donde les toca aclararle a la gente que no somos lo que ellos piensan. Que no pensamos cómo ellos piensan. Que la imagen que tienen de nosotros no es la correcta. Y, aunque parece buena, no lo es, porque es una mentira. Y, mientras continuemos mintiéndole a la gente y a nosotros mismos, seremos miserables. Pero, una vez comenzamos a decir la verdad, todo comienza a mejorar. Una vez decimos la verdad, somos libres de ser como realmente somos. Y cuando comenzamos a ser como realmente somos, y nos gusta ser como somos y disfrutamos de ser quienes somos, el concepto que la gente tenga de ti te vale madres. La imagen que la gente se forma de ti ya no importa, porque es irrelevante. A ti te gusta como eres y eso es lo único que importa.

Las cosas han comenzado a mejorar para mí, porque desde hace un tiempo me he decidido a decir la verdad. Aún sigo vagando por el ancho camino de la vida, pero, como podrán notar, con la compañía de mi brújula, no estaré perdido nunca.

Saludos,

Rangii.